El montañés rechazaba a todas las novias delgadas, ¡hasta que la muchacha obesa curó las heridas de su madre con esto!

Y entonces volvió la voz de maestra, de mujer fuerte, la que había educado generaciones enteras en aquel pueblo.

—Elías —llamó—. Vas a hacer exactamente lo que ella diga.

Elías apareció en el marco de la puerta, cruzado de brazos, hecho de rabia y miedo.

—Mamá…

—¿Me oíste?

Él miró a Magdalena. Miró las hierbas. Miró el cuaderno. Miró la desesperación en el rostro de su madre.

—¿Qué necesitas? —preguntó al fin.

—Agua caliente, trapos limpios, todas las velas de la casa… y que la sostenga cuando empiece a arder.

—¿Arder?

—Va a doler. Mucho.

—Hazlo —dijo Rosa.

La primera compresa fue un infierno.

Magdalena mezcló el sello de oro, la corteza, la miel. Cuando acercó el paño tibio a los ojos inflamados, le explicó a Rosa que el cuerpo lucharía contra la medicina antes de aceptarla. Que el fuego era señal de que todavía había algo que salvar.

Aplicó la compresa.

Dos segundos después, Rosa gritó con una fuerza que no parecía posible en una mujer de su edad. El cuerpo se le arqueó en la mecedora. Elías casi arrancó a Magdalena de un tirón.

—¡Quítasela! ¡La estás matando!

—¡La estoy salvando! ¡Sujétela!

Rosa forcejeó, lloró, rezó, maldijo y volvió a llorar. Elías la sostuvo temblando. Magdalena no retiró las manos. Sabía lo que estaba haciendo. Lo sabía con esa certeza profunda que solo tienen quienes aprendieron algo no de un libro, sino de una herencia viva.

Al cabo de unos minutos, el lienzo comenzó a mancharse de un tono amarillo verdoso. La infección salía.

—Está funcionando —susurró Magdalena.

Rosa jadeaba.

—No te vayas…

—No me voy a ir.

Elías la miró entonces de un modo distinto. Ya no como a una muchacha ridícula jugando a curandera. Sino como a alguien que sabía moverse en medio del dolor sin perder la calma.

La primera sesión duró casi dos horas.

Cuando terminó, Rosa cayó dormida por agotamiento. Elías ayudó a Magdalena a levantarse porque las piernas ya no le respondían. La sentó en un banco y le acercó café negro con un pedazo de pan de maíz y tocino reseco.

—Come —ordenó.

—Estoy bien.