El montañés rechazaba a todas las novias delgadas, ¡hasta que la muchacha obesa curó las heridas de su madre con esto!

Como si cerrara un ataúd.

Magdalena se quedó inmóvil en el porche, con el alforjón colgándole del hombro y la rodilla sangrando por la caída del camino. Un minuto. Dos. Tres.

Entonces, desde adentro, se escuchó el grito.

No era un grito de dolor. Era un grito de terror.

—¡Elías! ¡No veo la ventana! ¡La luz! ¡Hace rato estaba y ahora ya no está! ¡Elías, no veo tu cara! ¡No veo la cara de mi hijo!

Magdalena apoyó la palma contra la puerta.

Del otro lado oyó pasos desordenados, una voz de hombre rota por el miedo, el rechinar de una mecedora golpeando el piso.

Diez segundos después, la puerta se abrió.

Elías estaba allí, rojo de los ojos, con la mandíbula apretada hasta el límite. No dijo nada.

Solo se apartó.

Magdalena entró.

La habitación olía a humo, sudor y esa dulzura podrida que anuncia infección. En la mecedora, junto a la ventana, doña Rosa se arrancaba las vendas con las uñas hasta hacerse sangre. Magdalena corrió a arrodillarse frente a ella y le tomó las manos.

—Doña Rosa… soy Magdalena. La hija de Lucía Presa.

La mujer se quedó quieta.

Sus dedos ensangrentados buscaron el rostro de Magdalena a tientas, como si lo leyeran.

—¿Magdalena? —susurró—. La niña grandota de la herrería.

Magdalena tragó saliva.

—Ya no tan niña.

Doña Rosa soltó una risa quebrada que terminó en sollozo.

—Eres una montaña.

A Magdalena se le cerró la garganta.

—Traje medicina. Pero necesito que confíe en mí.

Rosa apretó sus manos.

—Si eres hija de Lucía, confío.