El montañés rechazaba a todas las novias delgadas, ¡hasta que la muchacha obesa curó las heridas de su madre con esto!

—Lo que sea que vengas a vender, no me interesa.

—No vengo a vender —respondió Magdalena, tragándose la vergüenza—. Vengo por su mamá.

Los ojos de Elías se endurecieron.

—¿Quién te mandó?

—Nadie.

—¿Subiste sola?

—Sí.

Él miró la mula amarrada al poste, luego volvió a verla a ella.

—¿Y por qué harías una tontería así?

Magdalena sintió que le hervía la sangre.

—Porque su madre se está quedando ciega y yo puedo evitarlo.

Elías soltó una risa corta, sin alegría.

—El doctor dice que el nervio está muriendo. No hay nada que hacer.

—El doctor miente.

Eso lo detuvo.

—¿Qué dijiste?

—Dije que miente. Y si lo deja seguir tocando a su madre, no solo va a perder la vista.

Elías se puso rígido.

Magdalena habló entonces sin adornos. Le contó lo que había oído en las escaleras del juzgado. Le habló del juez, del plan sobre las tierras de cobre, de la ceguera como negocio. Le enseñó el cuaderno de su madre. Le dijo que no tenía títulos ni estudios, pero sí conocimiento y urgencia.

Elías la escuchó sin interrumpir, con esa quietud peligrosa de los hombres que están haciendo esfuerzos desesperados por no explotar.

Cuando ella terminó, él negó con la cabeza.

—No voy a dejar que experimentes con mi madre.

Y le cerró la puerta.

No de golpe.

Peor.

Despacio.