El montañés rechazaba a todas las novias delgadas, ¡hasta que la muchacha obesa curó las heridas de su madre con esto!

—Entonces empeoramos sus opciones.

Magdalena siguió restregando los escalones con las manos mojadas y el pecho convertido en una piedra. Esa noche, al volver al cuarto miserable donde vivía detrás de la antigua herrería, abrió el baúl de su madre y sacó el cuaderno envuelto en tela encerada.

Su madre, Lucía Presa, había sido curandera ñuu savi por parte de su madre y criada en el norte por su padre mestizo. Sabía de hierbas, de fiebres y de males que los médicos de levita llamaban superstición porque no podían entenderlos. Murió cuando Magdalena tenía veinte años, dejando aquel cuaderno lleno de recetas y observaciones.

Magdalena buscó hasta encontrar la página marcada con una cinta vieja:

Inflamación severa en ojos por infección arrastrada en la sangre.
Sello de oro molido, corteza de encino blanco hervida, miel cruda.
Compresa tibia. Arde como fuego, pero despierta al nervio si aún recuerda la luz.

Cerró el cuaderno y supo lo que tenía que hacer.

Era una locura.

Pero algunas verdades solo parecen locura hasta que alguien tiene el valor de intentarlas.

Salió de Aguaverde a medianoche montada en Jonás, una mula vieja y testaruda que resoplaba como si odiara cada piedra del camino. La subida a El Mirador era larga, peligrosa y traicionera. Dos veces estuvo a punto de volver. Una vez, incluso, se quedó detenida al borde de un tramo derrumbado del sendero, mirando la oscuridad bajo sus pies.

—Nadie sabrá que estuviste aquí —se dijo—. Nadie te culpará si te regresas.

Pero luego recordó el pañuelo limpiándole el barro del rostro. Recordó la voz de Rosa. Recordó aquella frase sobre las montañas.

Y siguió.

Cuando el amanecer apenas blanqueaba el horizonte, llegó por fin a la hacienda. Las piernas le temblaban tanto que tuvo que agarrarse de un poste antes de caer. Se acomodó el abrigo, tomó el alforjón con las hierbas y golpeó tres veces la puerta.

Abrió Elías Carranza.

Magdalena ya lo conocía de vista: alto, de hombros anchos, con una cicatriz dura atravesándole la mejilla izquierda, los ojos claros y fríos de alguien acostumbrado a perder más de lo que podía decir. El pueblo entero hablaba de él como si fuera una bestia medio salvaje: rico, áspero, intratable, marcado para siempre desde que una explosión en la mina de cobre le arrebató a dos hermanos y le dejó aquella cicatriz.

Elías la recorrió con la mirada: botas llenas de lodo, mejillas rojas por el frío, el abrigo apretado sobre su cuerpo grande, el alforjón apretado contra el pecho.