El montañés rechazaba a todas las novias delgadas, ¡hasta que la muchacha obesa curó las heridas de su madre con esto!

Ninguna sabía ordeñar, curar una infección, recibir un becerro atravesado a medianoche o sentarse tres noches seguidas junto a una enferma sin romperse por dentro. Ninguna servía para lo que Elías necesitaba. Él no buscaba una esposa de salón. Buscaba a alguien capaz de salvar a su madre.

Y la única que podía hacerlo ya estaba ensillando su mula en mitad de la madrugada, con las manos temblando y el corazón golpeándole el pecho como un martillo.

En Aguaverde la llamaban la Búfala.

No por crueldad nueva, sino por crueldad vieja, repetida, convertida en costumbre. Desde niña le habían dicho así a Magdalena Presa: por grande, por fuerte, por torpe a los ojos ajenos. Magdalena había aprendido a caminar pegada a las paredes, a bajar la cabeza, a oír sin responder. Lavaba ropa, restregaba pisos, cargaba agua y callaba. La gente hablaba delante de ella como si fuera un mueble.

Pero aquella noche no estaba pensando en sí misma.

Pensaba en doña Rosa Carranza.

Dieciséis años atrás, cuando Magdalena tenía doce y un grupo de muchachos le había embarrado lodo en la cara detrás de la herrería de su padre, nadie se detuvo… excepto una mujer que pasaba en carreta, bajó, le limpió el rostro con su propio pañuelo y le dijo una frase que nunca olvidó:

—No te achiques, niña. Las montañas no piden permiso para existir.

Esa mujer había sido Rosa Carranza.

Y ahora estaba perdiendo la vista.

Magdalena lo sabía porque tres días antes, mientras fregaba las escaleras del juzgado, había escuchado sin querer al doctor Anselmo Vela hablar con el juez Cornelio Téllez. Ellos no la vieron. Nunca la veían.

—La señora Carranza estará completamente ciega antes de Navidad —dijo el doctor, encendiéndose un puro.

—Perfecto —contestó el juez con una tranquilidad que helaba la sangre—. Cuando la mujer quede inútil, Elías tendrá que vender las tierras de cobre. Nadie puede cuidar un rancho de ese tamaño y a una ciega al mismo tiempo. Lo apretamos, lo cansamos y vende barato.

—Y si no vende…

El juez soltó una risa seca.