se levantó con cuidado para no despertar a su esposa y caminó con su bastón hasta su estudio, una habitación pequeña en el segundo piso que había convertido en su espacio personal, lleno de libros sobre psicología y trauma, fotografías de su familia, premios y reconocimientos que había recibido por su trabajo con niños abusados. En la pared había una fotografía grande de su padre Ricardo, tomada un año antes de su muerte, sonriendo con ese orgullo puro que solo un padre puede tener cuando mira a su hijo.
Miguel se paró frente a esa fotografía durante largo rato. Papá, susurró en la oscuridad. Ojalá estuvieras aquí. Ojalá pudieras decirme qué hacer. Pero sabía qué le diría su padre. Le diría que fuera valiente, que confiara en su fuerza, que recordara que ya había sobrevivido lo peor que Valeria podía hacerle y había salido del otro lado, no solo vivo, sino floresciente. Le diría que protegiera a su familia, que siguiera haciendo su trabajo, que no dejara que el miedo lo paralizara.
Miguel se sentó en su escritorio y abrió su computadora. comenzó a escribir no un informe o un documento de trabajo, sino algo personal, una carta a sí mismo, recordándose de su propio viaje, de dónde había empezado y dónde estaba ahora. Escribió durante horas hasta que el sol comenzó a salir por la ventana pintando el cielo de la ciudad de México en tonos de rosa y naranja. A la mañana siguiente llamó a Patricia. Ella contestó en el segundo tono, su voz todavía clara y fuerte a pesar de sus 60 años.
Buenos días, mi niño. ¿Qué pasa? Sé que no llamas tan temprano a menos que sea importante. Tengo que decirte algo. Miguel comenzó y entonces le contó sobre la llamada de la prisión, sobre la liberación de Valeria en tres semanas. Hubo un largo silencio del otro lado de la línea. Finalmente, Patricia habló, su voz tensa. ¿Cómo estás manejándolo? Honestamente, no sé. Patricia suspiró. ¿Recuerdas cuando tenías 16 años y tuviste ese ataque de pánico antes de tu primera presentación pública sobre tu experiencia?
Recuerdo. Me dijiste que sentías que no podías hacerlo, que era demasiado difícil revivir todo eso frente a extraños. ¿Y qué te dije? Me dijiste que el coraje no es la ausencia de miedo, sino hacer lo que necesitas hacer a pesar del miedo. Exacto. Y eso sigue siendo verdad. Ahora tienes miedo. Está bien tener miedo, pero no dejes que ese miedo te controle. Tienes una orden de restricción, tienes una familia que te ama. Tienes un propósito en este mundo.