Escúchame bien. Las cicatrices no significan que no sanaste, significan que sobreviviste. Y está bien tener días donde duelan más. Está bien tener miedo. A veces eso no te hace débil, te hace humano. Pero también tienes que recordar todo lo que has logrado. Salvaste a Daniela hace dos meses, la niña de 9 años, cuyo padrastro la estaba golpeando. Salvaste a los gemelos Ramírez hace 6 meses cuando su madre los estaba desnutriendo intencionalmente. Salvaste a cuántos niños en los últimos 10 años, Miguel.
Más de 300. más de 300 niños que ahora tienen una oportunidad de vivir vidas normales porque tú los viste, porque entendiste su dolor, porque te negaste a quedarte callado como tantos otros hacen. Valeria puede salir de prisión, pero no puede quitarte eso. No puede quitarte la vida que construiste, la familia que tienes, el bien que haces en el mundo cada día. Miguel sintió lágrimas picando en sus ojos. Tenía 32 años. Era padre, era esposo, era terapeuta exitoso y director de una fundación que había cambiado miles de vidas.
Pero en ese momento se sintió como el niño de 12 años que su padre había encontrado arrastrándose en el piso de ese sótano frío y oscuro. “Te amo”, le dijo Andrea. “No sé qué haría sin ti. Afortunadamente, nunca tendrás que averiguarlo.” Andrea respondió besándolo suavemente. Vamos a enfrentar esto juntos como enfrentamos todo. Esa noche Miguel no pudo dormir. se quedó despierto mirando el techo, escuchando la respiración tranquila de Andrea a su lado, el sonido ocasional de uno de los niños moviéndose en su cuarto.