Ese relicario… había sido suyo.
Dentro guardaba una foto… una promesa… y un secreto que juró llevarse a la tumba.
Su mano comenzó a temblar.
—Ese… ese collar… —murmuró, casi sin voz.
La joven lo miró, confundida.
—¿Perdón?
Pero él ya no estaba escuchando.
El pasado lo golpeó como un trueno.
La lluvia… el barro… el ataúd bajando lentamente… y él, arrodillado, colocando ese mismo relicario sobre el pecho de Lucía antes de que la tierra lo cubriera para siempre.
—Es imposible… —susurró.
La madre, Marta, dio un paso al frente, nerviosa.
—Señor… creo que es mejor que—
—¿De dónde sacó ese collar? —interrumpió él, con una intensidad que hizo retroceder a todos.
El salón entero estaba en silencio.
La joven bajó la mirada hacia el relicario, como si nunca lo hubiera visto de esa manera.
—Yo… lo tengo desde niña —respondió despacio—. Mi mamá dice que lo encontré… cuando era pequeña.
Marta cerró los ojos.
Sabía que ese momento iba a llegar algún día… pero no así.
No frente a todos.
No tan de golpe.
—Dile la verdad… —murmuró Don Alejandro, con la voz rota—. Por favor… ya no más mentiras.
Marta respiró hondo.
Sus manos temblaban.
Y entonces… habló.
—No lo encontró —dijo—. Yo se lo di.
Un murmullo recorrió el salón.