—¿Cómo lo consiguió? —preguntó él, con desesperación.
Marta levantó la mirada, con lágrimas acumulándose en sus ojos.
—Porque yo estuve ahí esa noche.
El corazón de Don Alejandro se detuvo.
—Yo… trabajaba en la clínica donde llevaron a Lucía después del accidente —continuó—. Nadie más quiso encargarse… pero yo sí. Me quedé con ella… hasta el final.
El aire se volvió pesado.
—Antes de morir… ella estaba consciente por momentos —dijo Marta—. Y en uno de esos momentos… me tomó la mano y me pidió algo.
Don Alejandro dio un paso adelante.
—¿Qué… qué te pidió?
Marta miró a su hija… y luego a él.
—Me pidió que protegiera a su bebé.
El mundo se derrumbó.
—¿Qué…? —susurró él.
—Lucía estaba embarazada, Don Alejandro.
El silencio fue absoluto.
Nadie respiraba.
Nadie se movía.
El hombre más poderoso de la sala… retrocedió como si le hubieran disparado.
—No… no… eso no puede ser… —balbuceó—. Yo… yo nunca lo supe…
—No le dio tiempo de decírselo —dijo Marta—. Pero antes de morir… me hizo prometer que cuidaría a su hija… lejos de este mundo… lejos del dinero… lejos del dolor que ella había vivido.
Don Alejandro miró a la joven.
Sus ojos… esos ojos…
Ahora lo entendía todo.
—Entonces… ella… —su voz se quebró—. Ella es…
—Su hija —dijo Marta, con firmeza—. Se llama Valeria.
El nombre cayó como un eco eterno.
Valeria.
La joven dio un paso atrás, temblando.
—No… eso no puede ser… mamá, ¿de qué estás hablando?
Marta la abrazó.