Su mano quedó suspendida en el aire.
Y en su mente… una sola pregunta comenzó a gritar…
¿Quién era realmente esa joven… y por qué llevaba algo que debía estar bajo tierra?
La música comenzó a sonar…
pero nadie se atrevía a moverse.
Y en ese instante…
todo estaba a punto de cambiar.

La música seguía sonando… pero para Don Alejandro, todo se había quedado en silencio.
Sus ojos no podían apartarse de aquel relicario.
Lo conocía.
No… no solo lo conocía.
Lo había sostenido entre sus manos la última vez… la noche en que enterró a Lucía, la única mujer que había amado de verdad.