Llevaban meses sin reír así. No escuchó la risa. “El histerismo no es felicidad, Elena”, bramó Roberto, ciego ante la verdad. El desorden no es alegría. Usted ha confundido la libertad con el libertinaje. Ha puesto en riesgo la integridad física de mis hijos por un juego estúpido. Es una irresponsable. Roberto se agachó para apartar a Santi de la pierna de Elena. El bebé se agarró con fuerza a la tela azul del uniforme, llorando con desesperación, enterrando su carita en la rodilla de la niñera.
Roberto tuvo que usar fuerza para despegar los dedos de su propio hijo de la ropa de la empleada. “Venga aquí”, gruñó Roberto levantando a Santi. El niño pataleó golpeando el pecho de su padre con sus puños minúsculos, rechazando el contacto del traje de ,000 y buscando los brazos de la mujer de los guantes de goma. Aquello fue la gota que colmó el vaso. Roberto sintió una punzada de celos tan aguda que le nubló la vista. Salga de mi vista, siceó Roberto con el niño llorando en sus brazos.
Vaya a su cuarto, recoga sus trapos y espere a que decida qué voy a hacer con usted y quítese esos guantes ridículos. En esta casa somos personas serias, no payasos. Elena se levantó lentamente, se quitó los guantes amarillos con calma, dejando ver sus manos rojas y trabajadas. Miró a los niños una última vez. Nico la miraba desde el sofá con ojos enormes y húmedos. Santi seguía llorando en brazos de su padre. Solo quería que perdieran el miedo a caerse.
Señor, susurró ella tan bajo que Roberto apenas la oyó. Lo único que han perdido hoy es el respeto, respondió él dándole la espalda. Lárguese. Elena caminó hacia la puerta de servicio, sintiendo cada paso como una derrota. Detrás de ella, el llanto de los gemelos aumentaba de volumen, llenando la casa de un ruido que ya no era alegría, sino un reclamo desgarrador. Roberto se quedó solo en medio de su sala perfecta con dos hijos que no lo querían y una victoria que sabía a ceniza.