Un centímetro más. Y mi hijo se abre la cabeza contra la mesa de centro. Señor, lo tenía controlado”, intentó explicar Elena, su voz quebrándose, pero manteniendo una extraña dignidad. Nunca los dejó caer. Estábamos haciendo ejercicios de ejercicios. Roberto soltó una risa amarga sin humor. “Llama a eso ejercicio.” La vi. Estaba tirada como un animal, con esos guantes inmundos de limpiar retretes, dejando que mis hijos la pisolaran como si fuera un mueble viejo. Los guantes son nuevos, señor.
Solo los uso para jugar por el color. A ellos les gusta el color amarillo. Les ayuda a enfocar la vista, dijo ella rápido, intentando apelar a la razón. No me interesan sus excusas de guardería barata. Roberto se pasó la mano por el cabello, despeinándose por primera vez en años. La imagen de los niños riendo sobre ella y llorando con él lo estaba carcomiendo por dentro. Le pago un sueldo que no ganaría en 10 años en cualquier otro lugar.
Le pago para que los cuide, para que los eduque, para que les enseñe modales y seguridad, no para que monte un espectáculo de circo en mi sala de estar. Roberto miró a su alrededor como si buscara testigos de la atrocidad. Mírese, es patético. Una mujer de su edad revolcándose. ¿Qué pensaría la gente si entrara ahora mismo? ¿Qué pensaría mi esposa si viera que la mujer encargada de sus hijos los trata como juguetes? La mención de la esposa fallecida fue un golpe bajo.
Elena bajó la mirada mordiéndose el labio inferior para no llorar frente a él. Sabía que no debía responder. Necesitaba el trabajo. Su madre enferma dependía de ese sueldo. Pero el llanto de Santi, que seguía en el suelo gateando hacia ella y aferrándose a su pierna uniformada, le dio una fuerza que no sabía que tenía. Señor”, dijo Elena y su tono cambió. Ya no era de disculpa, era de súplica maternal. Santi se estaba riendo. Nico se estaba riendo.