El millonario fingió irse de viaje pero descubrió — lo que la niñera hacía con sus hijos…

Elena abrió la puerta por completo, permitiendo que Roberto entrara en el santuario de la habitación infantil. El cuarto estaba en penumbra, iluminado solo por una lámpara de noche con forma de estrella. Había juguetes en el suelo, pero no se sentía desordenado, se sentía vivido. Roberto entró sintiéndose un intruso en su propia casa. Elena caminó hacia la cuna y depositó a Santi con una suavidad infinita. El niño, agotado por el drama del día, se acurrucó inmediatamente. Nico, que seguía despierto, miraba a su padre con desconfianza desde detrás de las piernas de la niñera.

Perdóneme, señor”, dijo Elena limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano. “Es que tuve mucho miedo. Mi madre depende de mí. Si yo voy presa, ella se muere.” Roberto se sentó en una silla baja, una de esas sillas pequeñas para leer cuentos que él nunca usaba. Quedó a la altura de Nico. “Elena”, dijo Roberto mirando sus manos entrelazadas. “No me pidas perdón. Nunca más me pidas perdón. Roberto levantó la vista. Sus ojos, habitualmente fríos y analíticos, estaban húmedos.

Vi el video del robo. Sí, pero después me quedé viendo más. Elena se tensó ligeramente. Más. Revisé las grabaciones de la semana pasada, de los días que yo estaba de viaje y tú creías que estaba sola. confesó Roberto. Elena bajó la cabeza avergonzada. Señor, ya sé que bailamos en la cocina y que dejé que Nico comiera helado en la alfombra. Lo limpié, se lo juro. No miraba las manchas, Elena. La interrumpió Roberto con voz suave. Miraba a mis hijos.