Roberto sacó su tablet, que había traído consigo desde el despacho y la encendió. La luz azulada iluminó su rostro cansado. Buscó un archivo y le dio al play. Giró la pantalla para que Elena la viera. Era una grabación de hace dos días. En la imagen, Elena estaba sentada en el suelo de la sala con un libro gigante abierto. Nico y Santi estaban sentados a su lado, hipnotizados. Elena no solo leía, actuaba, hacía voces, movía los brazos, se convertía en el monstruo y en la princesa.
Pero lo que Roberto señaló no fue a Elena, sino a los niños. “Mira a Nico”, dijo Roberto señalando la pantalla. “Mira cómo te mira.” En el video, Nico miraba a Elena con una adoración absoluta, copiaba sus gestos, reía antes de que ella terminara el chiste. Y Santi, Santi, el niño que supuestamente no podía moverse, estaba intentando trepar por la espalda de Elena para ver mejor el libro, usando una fuerza y una coordinación que los médicos decían que no tenía.
Yo no sabía que Nico sabía aplaudir”, susurró Roberto con la voz quebrada. “Lo vi en el video. Aprendió a aplaudir el martes pasado contigo. Yo me lo perdí.” Pasó al siguiente video. Era la escena de la comida. Elena estaba haciendo el avión con la cuchara. Los niños comían verduras sin protestar, riendo. Yo no sabía que a Santi le gustaba el brócoli, continuó Roberto y una lágrima solitaria rodó por su mejilla. Conmigo lo escupe, contigo se lo come riendo.
Roberto apagó la tablet y la dejó en el suelo. Se cubrió la cara con las manos. El muro de hielo se rompió definitivamente. El millonario, el hombre de hierro, comenzó a llorar. un llanto silencioso, profundo, que sacudía sus hombros. Pensé que les daba todo, soyozó Roberto. La mejor casa, la mejor ropa, los mejores médicos. Y tú, tú llegaste con unos guantes de goma y calcetines viejos y les diste lo único que yo no supe darles. Vida. Elena se quedó paralizada.
Nunca había visto a un hombre como él, tan poderoso, derrumbarse así. El instinto que la hacía cuidar de los niños se activó hacia el padre. Se acercó lentamente, dudando. “Señor, usted los ama”, dijo ella suavemente. “Eso es lo importante. El amor se aprende igual que Santi aprendió a caminar. solo necesita perder el miedo a tirarse al suelo. Roberto levantó la cara roja y mojada. Miró a Nico, que se había acercado curioso al ver a su padre llorar.