Adiós, Gertrudis. La anciana salió a la noche sin mirar atrás. Roberto cerró la puerta. El golpe seco del cerrojo resonó en toda la casa. un sonido definitivo. El silencio que siguió no fue el silencio opresivo de antes. Fue un silencio de vacío, de espacio despejado. La sombra se había ido, pero la crisis no había terminado. Arriba el daño ya estaba hecho. Roberto subió las escaleras. Sus piernas pesaban toneladas. Cada escalón era una acusación. había permitido que eso sucediera.
Había sido cómplice por omisión. Llegó al pasillo de la segunda planta. La puerta de la habitación de los niños estaba cerrada. Desde dentro no se oían llantos histéricos, sino algo mucho más desgarrador, un murmullo suave, tembloroso. Roberto pegó la oreja a la madera. Duerme, du negrito, que tu mamá está en el campo. Cantaba Elena. Su voz estaba rota por el llanto contenido. Desafinaba por el miedo, pero seguía cantando. Incluso en el momento en que creía que iba a ser arrestada, que iba a perder su reputación y su libertad, su prioridad seguía siendo calmar a Nico y Santi.
Roberto apoyó la frente contra la puerta. Sintió una punzada de dolor en el pecho, tan aguda que tuvo que cerrar los ojos. Ese era el circo que él había despreciado. Esa lealtad feroz era lo que él había llamado falta de profesionalismo. Se sintió el hombre más pobre del mundo. Giró el pomo suavemente. Estaba bloqueado. Elena había echado el pestillo atrincherándose contra el monstruo que creía que venía a por ella. Elena llamó él. Su voz salió ronca, irreconocible.