El aire nocturno entró en el vestíbulo frío y limpio. Te hecho porque intentaste destruir a una inocente para alimentar tu ego. Te hecho porque convertiste mi luto en una dictadura. Te hecho porque al intentar proteger mi casa, la convertiste en una prisión. Gertrudis se enderezó. Si iba a caer, no lo haría de rodillas. Su rostro se endureció, recuperando esa máscara de desdén aristocrático que había copiado de sus antiguos patrones. “Hago lo que hago por el bien de la estirpe”, escupió ella, alizándose el delantal con manos furiosas.
Esa chica, esa nadie. va a arruinar a esos niños, los va a hacer débiles, blandos, como ella. Usted cree que ha ganado, señor Roberto, pero se queda solo con el caos. Cuando esos niños crezcan y no sepan comportarse en sociedad, se acordará de mí. Prefiero que sean felices a que sean decentes como tú, respondió Roberto, señalando la oscuridad de la calle. Fuera. Tienes 10 minutos para sacar tus cosas de mi propiedad. Si en 11 minutos sigues aquí, llamaré a la guardia y les mostraré el video.
Y créeme, a los jueces no les gustan las ladronas de joyas, por muy antiguas que sean. Gertrudis soltó un bufido de desprecio. Caminó hacia la puerta, sus zapatos de suela dura resonando por última vez en el mármol que tanto había pulido. Al llegar al umbral se detuvo y se giró. Sus ojos eran dos pozos de amargura. La señora Laura nunca habría permitido esto. Lanzó su último dardo envenenado. Roberto sintió el golpe, pero esta vez no sangró. La señora Laura, dijo Roberto con voz firme, habría despedido a cualquiera que hiciera llorar a sus hijos.