Los niños vestían sus overoles de mezclilla clara y camisetas blancas y parecían pequeños acróbatas borrachos de adrenalina. Cuidado con el viento del norte”, exclamó Elena y movió su cuerpo simulando un terremoto suave. Santi, el más pequeño y frágil, el que los médicos habían dicho que tenía problemas motores, el que apenas gateaba cuando Roberto estaba presente, estaba allí erguido, con las piernas temblando por el esfuerzo, pero riendo con la boca abierta, mostrando sus pocas encías blancas. El bebé se estabilizaba poniendo sus manitas regordetas sobre los hombros de Elena, usándola como barra de equilibrio, mientras su hermano Nico levantaba los brazos al aire como si acabara de conquistar el Everest.
La luz natural entraba a raudales por los ventanales, iluminando el polvo en suspensión que el movimiento había levantado. Era una imagen de caos perfecto. Elena sostenía los tobillos de los niños con sus manos enguantadas de amarillo chillón, sus piernas estiradas y tensas, actuando como la base sólida de ese castillo de naipes humano. Para cualquier persona externa, aquello habría sido una fotografía de amor puro, de conexión instintiva. Pero para Roberto, filtrado por el dolor de su viudez y la obsesión por el control, aquello era una aberración.
Vio gérmenes en los guantes, vio peligro en la altura, vio falta de respeto en el suelo, vio a una empleada doméstica convirtiendo a sus hijos en atracciones de circo. La sangre le subió a la cabeza. El hombre de negocios, el estratega frío, desapareció. Solo quedó el padre aterrorizado y el patrón ofendido. Pero qué demonios, susurró primero, incapaz de elevar la voz. En ese momento, Elena hizo un sonido de avión con la boca y los niños estallaron en una nueva ola de risas, ajenos a la figura oscura y rígida, que los observaba desde la puerta, con la maleta olvidada y los ojos inyectados en furia.
Roberto sintió que esa felicidad era un insulto a su dolor. ¿Cómo se atrevía ella a hacerlos reír así cuando él, su propio padre, no lograba sacarles ni una sonrisa? El hechizo se rompió con el sonido de la voz de Roberto. No fue un grito, fue un trueno seco, autoritario y cargado de veneno. Elena, el efecto fue inmediato y catastrófico. La armonía física que mantenía a los tres en equilibrio dependía enteramente de la concentración y la calma. Al escuchar el rugido de su nombre, Elena tuvo un espasmo involuntario de susto.