Esas palabras le quemaban en el pecho mientras empujaba la puerta. El miedo de un padre viudo es un combustible peligroso. Se convierte en ira antes de tener pruebas. Roberto entró, dejó el maletín en el suelo con delicadeza y agudizó el oído. Esperaba llantos. Esperaba ver a Elena durmiendo en el sofá. Esperaba ver el televisor encendido a todo volumen, pero lo que escuchó lo congeló en el vestíbulo. No era llanto, no era televisión, era un sonido gutural, explosivo y rítmico, carcajadas, pero no risitas tímidas.
sino carcajadas profundas, de esas que duelen en el estómago y que él no escuchaba en esa casa desde hacía más de un año. Eran sus hijos, Nico y Santi. Roberto sintió un nudo en el estómago de que se reían. La curiosidad y el pánico se mezclaron. Avanzó por el pasillo, sus zapatos de suela italiana, apenas rozando la madera pulida, guiado por el sonido de la alegría ajena, que sentía como una ofensa personal en su hogar solemne. Al llegar al umbral de la sala de estar, la escena que se desplegó ante sus ojos fue tan absurda, tan surrealista y tan contraria a cualquier norma de etiqueta, que su cerebro tardó varios segundos en procesar la información.
La sala, habitualmente un templo de orden minimalista y colores neutros, parecía el escenario de una obra de teatro vanguardista. Y en el centro de todo estaba ella, Elena. No estaba sentada leyendo un cuento, no estaba preparando biberones. La joven de cabello oscuro estaba tirada en el suelo, boca arriba, completamente estirada sobre la alfombra Beige. Pero lo que hizo que a Roberto se le abriera la boca de incredulidad fue su atuendo y su postura. Llevaba ese uniforme de enfermera azul brillante que Gertrudis le había obligado a usar diciendo que daba categoría a la casa, pero en sus manos llevaba puestos unos guantes de goma amarillos.
de esos que se usan para fregar inodoros o limpiar vajilla grasienta. “Arriba mis valientes!”, gritó Elena desde el suelo con una sonrisa tan amplia que parecía deformarle el rostro de pura felicidad. Roberto parpadeó atónito. Sus hijos, sus herederos, los gemelos Nico y Santi, de apenas un año de edad, estaban de pie sobre ella, literalmente encima de ella. Era una torre humana de inestabilidad y júbilo. Nico estaba parado sobre el pecho de la niñera con sus zapatillas de colores pisando el logotipo bordado del uniforme mientras Santi hacía equilibrio sobre su estómago.