Sería el juez, el jurado y, si Dios quería, el verdugo moral de la mujer que había envenenado su hogar. Mientras tanto, en la sala, Gertrudis entró. No hizo ruido. Al principio se quedó parada en el umbral, observando como Elena ayudaba a Santi a apilar tres bloques de madera. La felicidad de la escena le resultó insoportable a la anciana. Ver a esa muerta de hambre ocupando el lugar de madre, recibiendo las sonrisas de los herederos, era un insulto personal a sus 40 años de servicio estricto.
“Disfruta mientras puedas, niña”, susurró Gertrudis para sí misma, acariciando el bolsillo vacío de su delantal, donde antes pesaba el broche. “El invierno ha llegado.” Htrudis respiró hondo, llenando sus pulmones de aire para el grito teatral que rompería la armonía. Era el momento de actuar. El grito de Gertrudis no fue humano. Fue el chillido de una gaviota herida diseñado para cortar el aire y helar la sangre. Señor, señor Roberto. El impacto en la sala fue inmediato. La torre de bloques que Santi acababa de construir con tanto esfuerzo se derrumbó cuando el niño se sobresaltó violentamente.
Nico, que estaba riendo en el suelo, rompió a llorar al instante, aterrorizado por el volumen estridente. Elena, con los reflejos de quien está acostumbrada a proteger, se lanzó hacia adelante, cubriendo a ambos niños con sus brazos, mirando hacia la puerta con los ojos desorbitados, esperando ver un incendio o un intruso armado, pero solo vio a Gertrudis. La ama de llaves estaba en medio de la sala con las manos en la cabeza, actuando un ataque de nervios digno de un premio de academia.
Es el colmo, es el fin”, gritaba la anciana, mirando al techo como si pidiera clemencia divina. “No puedo callar más, mi conciencia no me lo permite.” Roberto apareció en lo alto de la escalera. Bajaba los escalones con una lentitud exasperante, con el rostro pétreo. No corrió. No preguntó qué pasa, simplemente descendió como una nube de tormenta cargada de electricidad estática. “¿Qué significa este escándalo, Gertrudis?”, preguntó Roberto al llegar al último escalón. Su voz era baja, controlada, pero tenía un filo peligroso que Gertrudis, en su euforia maliciosa, no supo detectar.
Señor Gertrudis corrió hacia él, agarrándose las manos en un gesto de súplica. He intentado ser paciente. He intentado darle una oportunidad a esta a esta persona, pero hay límites. La sangre de su esposa clama justicia. Elena se puso de pie lentamente con Nico agarrado a su pierna derecha y Santi en brazos. El miedo le cerraba la garganta. Sabía que no había hecho nada. Pero también sabía que en el mundo de los ricos la verdad de los pobres vale menos que el polvo.