La anciana abrió la caja. El brillo de los diamantes destelló en la penumbra, pero no se lo guardó en el bolsillo para robarlo. Lo sostuvo en la mano, lo miró con odio y luego salió de la habitación, pero no hacia la salida. Se dirigió hacia el armario del pasillo, donde Elena colgaba su abrigo y dejaba su bolsa de lona mientras trabajaba. Roberto entendió todo en un segundo de claridad brutal. No había habido robo. Iba a haber una trampa.
Gertrudis no quería el dinero. Quería la destrucción de Elena y estaba a punto de ejecutar la fase final de su plan. Justo ahora que Roberto empezaba a ver la luz. El millonario sintió una ira nueva, diferente. No era la ira caliente y reactiva del padre ofendido. Era la ira fría, calculadora y letal del hombre de negocios, que descubre que ha sido traicionado por su mano derecha. Retrocedió hacia las sombras del pasillo, dejando que Gertrudis pasara de largo con el broche en la mano, dirigiéndose hacia la mochila de Elena.
Hazlo”, susurró Roberto para sí mismo con los ojos oscuros clavados en la espalda de la anciana. “Caba tu propia tumba, Gertrudis. Hoy se acaba la tiranía en esta casa.” Pero antes de actuar, necesitaba la prueba definitiva. Necesitaba que el crimen se consumara para que no hubiera excusas ni fue un malentendido ni lágrimas de cocodrilo de una empleada de 40 años. Roberto volvió a su despacho, encendió el monitor de las cámaras de seguridad internas, esas que Gertrudis creía que él nunca miraba, y presionó el botón de grabar.
La guerra por el alma de la casa había comenzado y Roberto por primera vez sabía en qué bando tenía que luchar. La pantalla del monitor emitía un zumbido eléctrico casi imperceptible, pero para don Roberto sonaba como una sirena de alarma. Desde la oscuridad de su despacho, convertido ahora en una cabina de vigilancia improvisada, observaba la imagen granulada en blanco y negro que transmitía la cámara del pasillo de servicio. Sus manos, apoyadas sobre el escritorio de Caova estaban cerradas en puños tan apretados que los nudillos se le habían puesto blancos.