El millonario fingió irse de viaje pero descubrió — lo que la niñera hacía con sus hijos…

Se quitó los zapatos silenciosamente, se acercó a Santi y le susurró algo al oído. El niño que parecía una planta marchita segundos antes, abrió los ojos de par en par y una sonrisa pícara iluminó su cara. Elena sacó de su bolsillo no los guantes amarillos, sino dos calcetines con caritas pintadas en los dedos. Se los puso en las manos. Hola, soy el señor Patata”, susurró Elena, haciendo una voz grave y ridícula, moviendo la mano derecha frente a la cara de Nico.

Nico soltó una risita ahogada, tapándose la boca con las manos, como si supiera que estaban cometiendo un crimen. “Yo soy la señora Tomate”, respondió con la otra mano haciendo cosquillas en la barriga de Santi. El efecto fue eléctrico. La energía de la habitación cambió instantáneamente. El color volvió a las mejillas de los niños. Santi se incorporó riendo bajito, intentando atrapar al señor Patata. Nico se lanzó sobre la espalda de Elena abrazándola. Roberto, desde su escondite en las alturas vio como Elena rodaba por el suelo con ellos, pero esta vez en silencio total.

Jugaban a los mimos, hacían gestos exagerados, abrían la boca simulando gritos de guerra que no emitían sonido, saltaban sobre los cojines aterrizando con una suavidad de plumas. Era una danza clandestina de felicidad. Vio como Elena ayudaba a Santi a ponerse de pie. Sin decir una palabra, le ofreció sus manos ahora disfrazadas de títeres. Santi se levantó temblando, pero decidido, y dio tres pasos hacia ella, mordiéndose la lengua de concentración y alegría. Bravo! gesticuló Elena sin voz, aplaudiendo en silencio.

Roberto se retiró del balcón con la espalda pegada a la pared del pasillo. El corazón le latía desbocado. Se dio cuenta de que él era el villano de esa historia. Él había creado una cárcel de oro donde la felicidad tenía que ser contrabandeada como si fuera ilegal. Elena no estaba desobedeciendo por rebeldía, estaba desobedeciendo por amor. Estaba salvando a sus hijos de la tristeza que él mismo imponía. Bajó la vista a sus propias manos. Estaban limpias, cuidadas, perfectas y vacías.