Los siguientes tres días fueron una tortura de terciopelo gris. La casa, antes salpicada de estallidos de risa repentina, había caído bajo un manto de corrección asfixiante. Don Roberto cumplió su palabra, canceló el resto de su agenda en Ginebra y se encerró en su despacho, una habitación revestida de madera oscura en el primer piso, con la puerta entreabierta lo justo para escuchar lo que ocurría abajo. se sentaba frente a su computadora fingiendo revisar balances y contratos, pero sus sentidos estaban completamente enfocados en el pasillo y la sala de estar.
Era un espía en su propio castillo. Quería demostrarse a sí mismo que tenía razón, que el orden traía paz, que la estructura traía bienestar, pero lo que escuchaba lo estaba matando lentamente. Escuchaba los pasos de Elena, rítmicos y suaves. Escuchaba su voz, ahora moderada, diciendo cosas como, “Siéntate bien, Nico. No tires la comida, mi amor. El Señor se enfada. Escuchaba el silencio. Un silencio pesado, denso, solo roto por algún llanto ocasional y breve de los gemelos. Un llanto de aburrimiento y frustración que Elena calmaba rápidamente con un sh.
Ya pasa, ya pasa. No había carcajadas, no había carreras, no había vida. Al tercer día, la curiosidad pudo más que el orgullo. Roberto se levantó de su silla ergonómica de cuero y caminó de puntillas hacia la puerta. Se asomó al pasillo que daba al balcón interior, desde donde se podía ver la sala de estar abajo sin ser visto. La escena que vio le rompió los esquemas. Los niños estaban sentados en la alfombra, rodeados de juguetes caros de madera importada y bloques de construcción de colores neutros.
Estaban limpios, impecables, peinados con la raya al lado. Elena estaba sentada en una silla vigilándolos con las manos cruzadas sobre el regazo, tal como él había ordenado, como una profesional. Parecía una foto de revista de decoración, perfecta, fría, muerta. Nico sostenía un bloque rojo, lo miraba con desgana y lo dejaba caer. Santi estaba tumbado boca abajo, chupándose el dedo, con la mirada perdida en el techo. No intentaba levantarse, no intentaba caminar. ¿Para qué? No había nadie en el suelo esperándolo con los brazos abiertos.
Roberto sintió un dolor agudo en el pecho. ¿Era lo que él quería? Niños que parecían maniquíes. ¿Era esta la decencia que tanto defendía Gertrudis? De repente, Elena miró hacia el reloj de pared. Eran las 11 de la mañana. Sabía que Roberto solía tener videoconferencias a esa hora y se ponía auriculares. Creyendo que el ogro estaba desconectado del mundo, Elena se transformó. Fue sutil al principio. Se deslizó de la silla al suelo, no con ruido, sino como un gato.