Parte de ella quería gritar que no tenía ningún interés en escuchar nada de lo que Santiago Mendoza tuviera que decir, que él la humilló, la descartó, la hizo sentir como una delincuente siendo expulsada de una casa que amaba. Pero otra parte, esa parte terca que aún guardaba sentimientos que no debería guardar, quería saber. Necesitaba saber dónde quiere hablar conmigo. Irá hasta allá si tú lo permites. Claro. No quiero forzar nada, dijo que entiendes si no quieres verle la cara, pero me pidió que preguntara primero.
Laura secó las lágrimas con el dorso de la mano y respiró profundo. Miró el patio sencillo de doña Mercedes, el árbol de aguacate cargado de frutos, la vida pequeña y modesta que ahora era su realidad. No tenía nada que perder. Ya había perdido todo lo que importaba. Puede venir mañana en la mañana si quiere. Estaré aquí. Doña Josefina agradeció. Prometió que Sofía mandaba besos y colgó. Laura se quedó parada en el patio por un largo rato, el celular aún en la mano, el corazón latiendo en un ritmo desacompasado que mezclaba ansiedad, rabia y una esperanza tonta que no podía sofocar.
Esa noche no durmió. Se quedó sentada en la cama estrecha mirando el techo, ensayando mentalmente todas las cosas que quería decirle a Santiago. Quería preguntar por qué. Quería saber qué había hecho tan grave para merecer esa humillación. Quería mirarlo a los ojos y ver si encontraba algún vestigio de remordimiento, alguna señal de que ese despido frío y calculado le había costado algo a él también. y quería más que nada entender por qué todavía le importaba tanto un hombre que la trató de esa forma.
El sol salió dorado sobre las montañas y Laura se levantó con ojeras profundas y una determinación frágil. Tomó una ducha larga, se puso el vestido azul cielo que había usado en el cumpleaños de Sofía, el único vestido bonito que poseía, y recogió su cabello en una trenza baja. No quería parecer que se había arreglado para él, pero tampoco quería parecer derrotada. A las 9:30 de la mañana, el auto negro se estacionó frente a la casa de doña Mercedes.
Laura observó por la ventana del cuartito el corazón a 1000, mientras Santiago bajaba del asiento del conductor. Él mismo estaba manejando sin Don Ramón, sin nadie. Vestía pantalón de mezclilla y una camisa casual color beige con las mangas enrolladas hasta los codos. Se veía cansado. Se veía más pequeño de lo que ella recordaba, como si el peso de algo invisible estuviera encorbando sus hombros. Ella respiró profundo y salió al patio. Santiago la vio antes de que pudiera prepararse emocionalmente para el encuentro.