Sus ojos se encontraron a través de la reja de madera y por un momento ninguno dijo nada. Solo se quedaron allí, separados por pocos metros y por un abismo de palabras no dichas. Fue él quien rompió el silencio. Puedo pasar. Laura asintió y abrió la reja. Santiago entró al patio mirando alrededor, observando el tendedero con ropa sencilla, el árbol de aguacate, la casita modesta en la parte de atrás. Ella sintió que la estaba juzgando. Laura no lo demostró.
Simplemente cruzó los brazos y esperó que dijera lo que había venido a decir. Te debo una disculpa. Santiago comenzó con la voz más ronca de lo normal. Una disculpa que ni sé si tengo derecho a pedir después de lo que hice. ¿Por qué me despediste? La pregunta salió directa, sin rodeos. Laura no tenía paciencia para preliminares educados. Santiago pasó la mano por su cabello, un gesto de nerviosismo que ella conocía bien de tanto observarlo. Porque fui cobarde e idiota y dejé que alguien pusiera dudas en mi cabeza sobre ti.
¿Quién? Él dudó, pero respondió, “Mónica, a mí se detuvo como si la siguiente palabra tuviera sabor amargo. Novia, exnovia, en realidad terminé con ella ayer.” Laura sintió algo moverse dentro de su pecho, pero mantuvo la expresión neutral. “¿Y qué dijo ella de mí? que estabas interesada en mí, que tus miradas eran inapropiadas, que podrías estar tratando de aprovecharte de la situación de la cercanía con Sofía para conseguir algo más. Las palabras cayeron entre ellos como piedras. Laura sintió el rostro arder, una mezcla de vergüenza e indignación que amenazaba explotar en lágrimas o gritos.
“¿Y tú le creíste?” “Le creí”, admitió sosteniendo su mirada con dificultad. Porque era más fácil creer que enfrentar la verdad. Qué verdad. Santiago dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos. Su voz salió casi como un susurro cuando respondió que no estaba completamente equivocada. Sobre las miradas, quiero decir, solo que no eran solo tuyas, eran mías también. Yo te miraba de una forma que no debería y eso me asustaba. Entonces, cuando Mónica lo señaló, cuando puso en palabras lo que yo había estado tratando de ignorar, entré en pánico y, en lugar de manejarlo como un adulto, te despedí pensando que así el problema desaparecería.
Laura se quedó en silencio, procesando cada palabra. El viento movió las hojas del árbol de aguacate y en algún lugar del vecindario un perro ladró. El mundo seguía girando normalmente afuera. indiferente al terremoto que ocurría dentro de ella. “Me humillaste”, dijo finalmente con la voz temblando. “Me hiciste sentir como si hubiera hecho algo malo.” Pasé una semana entera preguntándome en qué había fallado, qué podría haber hecho diferente. Lloré todas las noches pensando en Sofía, despertando y no encontrándome.
“Lo sé. y voy a cargar con esa culpa el resto de mi vida si es necesario. Santiago tragó saliva, pero vine aquí porque necesito que sepas la verdad toda, incluyendo la parte que apenas puedo admitir ante mí mismo. Dio otro paso. Ahora lo suficientemente cerca como para que Laura pudiera ver las ojeras profundas bajo sus ojos, las líneas de preocupación en su frente. No eras solo la niñera de mi hija, Laura. Nunca lo fuiste. Fui demasiado cobarde para reconocerlo mientras estabas allí.