El cuartito en la parte trasera de la casa de doña Mercedes tenía una ventana pequeña que daba a un árbol de aguacate. Laura despertaba todos los días con el canto de los censonties que hacían nido entre las ramas y por algunos segundos, antes de abrir los ojos completamente, olvidaba dónde estaba. Olvidaba que ya no despertaría con Sofía saltando en su cama pidiendo hotcakes con miel. Olvidaba que ya no bajaría las escaleras de la hacienda sintiendo el olor del café de don Ramón.
Olvidaba que había sido descartada como un objeto que perdió su utilidad. Entonces, la realidad volvía pesada como plomo y ella se obligaba a levantarse aunque no tuviera ganas. Una semana había pasado desde el despido. Siete días que parecían 7 meses arrastrados, interminables, llenos de una rutina vacía que inventaba solo para no enloquecer: despertar a las 6, bañarse, preparar café en la taza descarapelada que doña Mercedes le prestó, barrer el patio a cambio del alquiler reducido, almorzar cualquier cosa, pasar la tarde enviando currículums por internet desde el celular.
Cenar poco, dormir mal, repetir. Doña Mercedes era una viuda de 74 años que alquilaba el cuartito de atrás para complementar su pensión. No hacía preguntas, no daba consejos no solicitados y preparaba un pan dulce todos los miércoles que dejaba en la puerta de Laura sin decir palabra. Esa gentileza silenciosa era todo lo que la joven podía soportar en ese momento, cualquier cosa más, cualquier demostración mayor de afecto o preocupación y se derrumbaría por completo. En la mañana del octavo día, Laura estaba tendiendo ropa en el tendedero cuando su celular sonó.
Número desconocido, prefijo de San Miguel. El corazón se disparó antes de que contestara, porque en el fondo sabía, sentía con una certeza inexplicable que esa llamada cambiaría algo. Hola, Laura. La voz de doña Josefina sonó del otro lado, familiar y reconfortante como un abrazo a distancia. Gracias a Dios contestaste. Intenté llamar ayer, pero no pude comunicarme. Doña Josefina, ¿pasó algo? Sofía, ¿está bien? El silencio que siguió duró apenas dos segundos, pero fue suficiente para que el estómago de Laura se revolviera.
Está enferma, mi hija. Tiene fiebre desde hace 3 días. El doctor dice que es un virus, pero yo sé que es más que eso. La niña no come, no juega, solo llora por ti. Fiebre. Un virus. Laura preguntó con la voz quebrándose. Pasó tan rápido, doña Josefina. Ni siquiera entendí bien qué sucedió. Lo sé, hija, lo sé. La voz de la ama de llaves cargaba una indignación contenida. Pero no llamé solo para dar noticias. Llamé porque don Santiago quiere hablar contigo.
El mundo se detuvo por un instante. Laura dejó caer la ropa que tenía en las manos y se quedó mirando las prendas, balanceándose en el viento sin realmente verlas. Hablar conmigo. ¿De qué? Eso él tendrá que decirte personalmente. Solo sé que está diferente desde que te fuiste, más callado, más pensativo. Anoche pasó toda la noche en el cuarto de Sofía. Durmió en el sillón junto a su cama. Nunca lo había visto hacer eso. Laura no supo qué responder.