El joven millonario visitó la humilde casa de su empleado… y lo que vio le hizo llorar.

Santiago sintió una punzada en el pecho. No había resentimiento en esa frase, solo resignación. Como si el niño describiera una ley de la naturaleza.

—¿Usted es bueno con mi mamá? —preguntó Mateo de repente.

Lupita cerró los ojos.

Santiago abrió la boca y no supo qué responder.

Había enfrentado inversionistas, periodistas, abogados, competidores. Había defendido cifras imposibles. Pero esa pregunta lo dejó desnudo.

—Intento serlo —dijo por fin.

Mateo inclinó la cabeza.

—¿Intentar es lo mismo que ser?

Santiago soltó una risa amarga.

—No. No siempre.

Mateo lo estudió en silencio, como si estuviera decidiendo algo. Luego se sentó frente a él y apoyó los codos sobre la mesa.

—Entonces, ¿por qué se ve tan triste?

Aquello lo rompió.

No de golpe. No con un llanto teatral. Fue peor. Sintió que algo viejo, muy viejo, se agrietaba dentro de él. Bajó la mirada a la mesa, a sus manos, al polvo en sus zapatos. Y por primera vez en años, se le llenaron los ojos de lágrimas.

Porque un niño de siete años había visto lo que nadie veía.

Había visto que, detrás del reloj caro, el coche rojo y el traje perfecto, había un hombre cansado, vacío, perdido.