El joven millonario visitó la humilde casa de su empleado… y lo que vio le hizo llorar.

—¿Usted tiene hijos?

—No.

—¿Y vive solito en esa casa tan grandota?

—Sí.

Mateo frunció el ceño.

—Entonces ha de ser bien silenciosa.

Esa frase cayó en Santiago con una precisión dolorosa. Su casa era exactamente eso: enorme, perfecta y silenciosa. Un lugar lleno de objetos caros y vacío de vida.

El niño bajó de la silla, fue hasta un estante y volvió con un cuaderno de dibujos.

—Mire.

Santiago lo abrió. Había árboles, nubes, perros, hospitales, triciclos y muchas casas. En casi todos los dibujos aparecía Lupita. En algunos estaba cocinando. En otros, abrazando a Mateo. En uno, sentado frente a una cama de hospital, el niño estaba acostado y ella le sostenía la mano.

—¿Qué pasó aquí? —preguntó Santiago.

Mateo respondió sin drama:

—Yo tenía neumonía. Mamá no durmió nada por varios días.

Lupita bajó la mirada.

—Eso ya pasó.

—Vendió su anillo —añadió Mateo.

Santiago levantó la cabeza.

—¿Qué anillo?