El joven millonario visitó la humilde casa de su empleado… y lo que vio le hizo llorar.

—¿Para después?

Mateo negó con la cabeza.

—Para mi mamá.

El aire de la cocina cambió.

Santiago volvió a mirar a Lupita, y en ese rostro sereno descubrió algo que no había querido ver: cansancio. Un cansancio antiguo, profundo, sostenido a pura voluntad.

—¿Usted no desayuna? —preguntó él.

—A veces sí —contestó ella.

Mateo intervino con la crueldad inocente de la verdad.

—A veces mi mamá dice que ya comió en su casa, pero no es cierto.

Lupita cerró los ojos un segundo.

Santiago sintió una vergüenza seca subirle por el cuello. Sabía perfectamente que jamás la había visto comer en su mansión.

—Yo… a veces guardo comida que sobra —explicó Lupita, muy recta—. La que ya no se van a comer. Para él. Si eso le molesta, puedo dejar de hacerlo.

Santiago se quedó inmóvil.

En su casa se tiraban platos enteros sin pensarlo. Fruta fresca, pan, carne, postres, comida intacta. Todo lo que allí podía significar un día más de alivio, en su mundo terminaba en la basura.

—No me molesta —dijo al fin, y su voz le sonó ajena.

Mateo terminó el jugo y soltó otra pregunta.