Sentado junto a la mesa estaba un niño de unos siete años, moreno, delgado, con ojos grandes y atentos. No parecía asustado, solo curioso.
—Mateo —dijo Lupita con suavidad—, él es mi jefe.
El niño observó a Santiago de arriba abajo y luego soltó, con absoluta sinceridad:
—Se ve muy elegante.
Santiago sonrió por reflejo.
—Gracias.
Lupita le entregó el jugo al niño. Mateo lo tomó con ambas manos y bebió un trago largo. Santiago notó entonces que el pan estaba partido en dos, y que una mitad quedaba intacta en el plato.
—No sabía que tenía un hijo —dijo él.
—Sí, señor —respondió Lupita—. Es lo más importante que tengo.
Mateo levantó la mano con una timidez encantadora.
—Hola.
—Hola, Mateo.
El niño lo siguió mirando con total libertad.