Lupita bajó la mirada hacia la bandeja, luego volvió a verlo con una mezcla de nerviosismo y vergüenza. Santiago también miró la bandeja.
—¿Puedo preguntarle algo? —dijo él—. ¿Para quién es ese desayuno?
Lupita dudó apenas un instante.
Y entonces, desde dentro de la casa, se escuchó una voz infantil.
—¡Mamá! ¿Ya llegó?
Santiago sintió un pequeño golpe en el pecho.
Lupita respiró hondo, como si en ese segundo entendiera que ya no podía ocultar nada.
—Pase, señor.
Él entró.
La casa era diminuta comparada con su mansión, pero estaba impecable. Había una mesa de madera en el centro, dos sillas, un sofá gastado, un estante con cuadernos y colores, y una ventana con dibujos infantiles pegados en el vidrio. Todo olía a café, jabón y esfuerzo.