Dos semanas después, Santiago llevó a Lupita y a Mateo a una joyería pequeña del centro. Había investigado en silencio, preguntado en la tienda del barrio, buscado al comprador correcto.
Y sobre un pequeño paño de terciopelo puso un anillo sencillo, antiguo, de oro opaco y piedra diminuta.
Lupita se llevó una mano a la boca.
—No puede ser…
—Sí puede —dijo él—. Creo que ya estuvo mucho tiempo lejos de su familia.
Ella empezó a llorar.
Mateo, sin entender del todo el valor del objeto, entendió el valor del momento y abrazó a su madre por la cintura.
Pasaron los meses.
Santiago siguió yendo a aquella casa de adobe. Primero a tomar café. Después a cenar frijoles con tortillas recién hechas. Luego a escuchar los dibujos de Mateo, que un día quiso enseñarle a jugar lotería y otro día le pidió ayuda con una maqueta de la escuela. La casa seguía siendo humilde, pero ya no estaba al borde del abismo. Había más comida en la mesa, menos miedo en los ojos de Lupita y más risas al caer la tarde.
Con el tiempo, Santiago financió la compra de una casa un poco más grande en el mismo barrio, no una mansión, sino un hogar digno, luminoso, con un cuarto propio para Mateo y un patio donde Lupita colgó, orgullosa, las mismas macetas de siempre.
El día que se mudaron, Mateo salió al patio nuevo, miró a Santiago y dijo con una sonrisa enorme:
—¿Ve? Sí hay ricos que hacen esas cosas.