Esa noche no durmió en casa de Graciela. Durmió en la camioneta, estacionado frente a la clínica donde su madre respiraba con ayuda de un tanque de oxígeno. Canelo dormía abajo de la camioneta. Fiel, inmovible. Al día siguiente, poco después de las 6 de la mañana, Rodrigo escuchó unos golpes suaves en la ventana de la camioneta. Abrió los ojos. Afuera estaba una muchacha joven, delgada, con el pelo recogido en una trenza apretada. Tenía los ojos rojos, las manos entrelazadas contra el pecho y una expresión que Rodrigo reconoció al instante.
Miedo, un miedo viejo de esos que se cargan hace mucho tiempo. Era Lupita, la hija de Graciela y Tomás. Rodrigo la había visto de lejos el día anterior, pero no le había puesto atención. La última vez que la vio era una niña de 10 años. Ahora tenía 16 y parecía que cargaba el doble de esa edad en la mirada. Tío, dijo Lupita y la voz le salió cortada. Necesito contarte algo, pero por favor, por favor, no le digas a mis papás que vine.
Rodrigo se bajó de la camioneta, la llevó a una banca a un lado de la clínica y Lupita habló. No habló como alguien que inventa, habló como alguien que por fin suelta algo que la estaba ahogando por dentro. Contó que todo empezó 8 meses atrás, que su papá Tomás llegó una noche con cadenas y un candado, que su mamá, Graciela le dijo que doña Carmen estaba loca y que era por su bien que la encerraran hasta que Rodrigo mandara suficiente dinero para meterla en un asilo.
Pero el asilo nunca fue el plan. El plan era otro. Graciela había contactado a un hombre de la ciudad que quería comprar un terreno grande para construir unas bodegas. El terreno de doña Carmen, el terreno donde estaba la casa, la parcela y todo lo que el difunto esposo de Carmen les había dejado. Si Carmen desaparecía del mapa y Rodrigo seguía lejos sin sospechar nada, Graciela podía hacerse pasar como encargada del terreno. Ya tenía los papeles a medio falsificar.
ya había recibido un adelanto. Lupita contó también como su madre fue cambiando las mentiras para el pueblo conforme pasaban las semanas. Primero dijo que Carmen se había ido con una comadre, luego que estaba en Guadalajara con unos primos, después que la habían internado en una clínica para viejitos en la ciudad y que estaba bien atendida. Y cuando alguien insistía en ir a verla o en llamarla, Graciela siempre tenía una respuesta lista. Ay, es que no puede recibir visitas.
Le dijeron los doctores que necesita reposo total. Yo le digo que le manda saludos. Doña Matilde fue dos veces a preguntar. Don Agustín fue tres. El padre Benjamín mandó recado. Todos recibieron la misma pared de mentiras. Y como Graciela era la sobrina que Carmen crió como hija, la que vivía al lado, la de confianza, le creyeron. Rodrigo escuchaba sin parpadear. Lupita siguió. Contó que su papá le pasaba comida a Carmen por el agujero de la puerta una vez al día.
tortillas duras, un vaso de agua, a veces un plato de frijoles fríos, lo mínimo, lo justo para que no se muriera. Graciela le había dicho a Tomás, si se nos muere, nos metemos en un problema. No era cuidado, era cálculo. Pero Lupita hacía algo más. Cuando sus papás no se daban cuenta, se escabullía hasta la puerta de Carmen con lo que podía. un poco más de agua, una tortilla con sal, a veces un pedazo de fruta que escondía en la bolsa de la escuela y a veces solo un papel doblado con un dibujo, porque no sabía qué más hacer.