Rodrigo cruzó la frontera de regreso después de 6 años. Traía una camioneta nueva, dinero en el bolsillo y un único deseo, abrazar a su madre. Pero cuando llegó a la casa de barro donde creció, encontró las ventanas clavadas con tablas, la puerta amarrada con una cadena oxidada y un perro flaco con las costillas marcadas, echado en la entrada como si llevara meses esperando a que alguien viniera. Rodrigo pegó el oído a la puerta y escuchó algo adentro.
Un quejido débil, casi un suspiro. Lo que descubrió detrás de esa puerta te va a revolver el estómago, pero lo que le hizo a quienes encerraron a su madre ahí, eso no se te va a olvidar. Esta es una historia de traición, de cadenas y de una madre que lo dio todo por quienes menos lo merecían. Y te prometo que el final te va a dejar sin palabras.
En el momento en que Rodrigo dejó el pueblo con una mochila y una promesa, Rodrigo Mendoza se fue del pueblo a los 22 años con una mochila, $00. Y la voz de su madre quebrándose en la puerta. Vete, mi hijo. Aquí no hay nada para ti, pero no te olvides de tu madre. No se olvidó. Cada semana llamaba, cada mes mandaba dinero. Trabajó en construcción, luego en un taller mecánico, luego puso su propio negocio pequeño de reparaciones.