Tardó unos segundos en que los ojos se le acostumbraran y entonces la vio. En el rincón del cuarto, sobre un colchón tirado en el piso, estaba doña Carmen o lo que quedaba de ella. La mujer que Rodrigo recordaba era fuerte, ancha de espaldas, morena curtida por el sol, con manos que podían cargar costales de verdura y amasar tortillas al mismo tiempo. La mujer que estaba frente a él era un esqueleto con piel, los brazos flacos como ramas secas, las mejillas hundidas, el pelo blanco largo pegado a la cara con sudor viejo.
tenía un camisón gris que alguna vez fue blanco, manchado de cosas que Rodrigo prefirió no mirar. Carmen levantó una mano, le temblaba tanto que parecía que el aire la movía. Abrió los ojos, tardó en enfocar. “Mi hijo, ¿eres tú o ya me estoy muriendo?” Rodrigo cayó de rodillas junto al colchón. No pudo hablar, no le salían las palabras, solo la abrazó. Y cuando la apretó contra su pecho, sintió cada hueso de su madre, cada costilla, cada vértebra, como si estuviera abrazando a un pájaro herido.
Lloró como no había llorado desde que era niño, un llanto feo, roto, de esos que salen desde un lugar que uno ni sabía que existía. Ya estoy aquí, mamá. Ya estoy aquí. Carmen lloraba también, pero sin fuerza. Las lágrimas le caían por las mejillas hundidas sin que ella pudiera siquiera levantar la mano para limpiárselas. Rodrigo miró alrededor y cada detalle que veía era peor que el anterior. En la parte de abajo de la puerta había un hueco, un agujero rectangular cortado en la madera del tamaño justo para pasar un plato.
Junto al colchón había restos de tortillas duras, un par de frijoles secos pegados al piso y un vaso de plástico volteado. Alguien le pasaba comida por ahí. lo mínimo, lo justo para que no se muriera, no por compasión, por conveniencia. Un muerto levanta preguntas, una vieja encerrada y callada, no. En la esquina opuesta un balde que servía de baño. Las paredes tenían marcas, rayas hechas con algo, tal vez una piedra, tal vez una uña. Rodrigo las contó sin querer.
Decenas, cientos. Su madre había estado contando los días en su propia casa, en la casa que ella construyó con su esposo, en la casa donde nació Rodrigo. Alguien la encerró ahí como si fuera un animal. Le clavaron las ventanas, le pusieron cadenas y le pasaban comida por un agujero en la puerta, no para mantenerla viva, para mantenerla callada. Rodrigo apretó los dientes tan fuerte que le tronó la mandíbula. ¿Quién le hizo esto, mamá? Carmen cerró los ojos, no respondió.