El Hijo Rico Regresó del Extranjero… y Encontró a Su Madre Encerrada por Quienes Ella Más Ayudó…

No se hizo millonario, pero se hizo un hombre estable, un hombre que podía mandarle a su madre lo suficiente para que no le faltara nada. Al principio el dinero iba directo a una cuenta que Carmen tenía en el banco del municipio. Pero un día, hace poco más de un año, Graciela le llamó. Oye, primo, tu mamá ya no quiere ir al banco. Le da miedo el camino, ya sabes, está más viejita. Yo le puedo recibir el dinero y se lo doy en su mano.

Rodrigo lo pensó un momento, pero era Graciela, la sobrina que su madre crío, la que vivía a unos pasos. ¿Quién mejor que ella? Cambió los depósitos a la cuenta de Graciela y nunca pidió comprobante, porque cuando confías en alguien no pides recibos. Doña Carmen nunca quiso irse. Rodrigo le insistía cada año, “Véngase, mamá, acá hay doctores, hay calefacción, hay todo. ” Y ella siempre respondía lo mismo. Esta es mi tierra, mijo. Aquí me quedo. Carmen era una mujer de manos agrietadas y corazón demasiado grande.

Criaba gallinas, cultivaba sus propias verduras y las vendía en la feria del pueblo. Nunca tuvo mucho, pero lo poco que tenía lo compartía con todos, sobre todo con Graciela. Graciela era su sobrina, hija de una hermana que murió cuando la niña tenía 12 años. Carmen la recogió, la crió como hija, la alimentó con el mismo plato y la arropó en la misma cama. Cuando Graciela se casó con Tomás, un albañil que nunca tuvo terreno propio, Carmen les dijo, “Constrúyanse su casita aquí en mi terreno, hay espacio de sobra.” Y ahí la construyeron, con permiso, con cariño, o al menos eso parecía.

6 años después de haberse ido, Rodrigo decidió volver. No de visita. Quería ver a su madre, abrazarla, llevarle regalos, tal vez convencerla otra vez de irse con él. Manejó desde la frontera con la camioneta cargada de cosas. Cobijas nuevas, una estufa pequeña, medicinas, ropa. El viaje fue más largo de lo que esperaba. Una llanta ponchada a medio camino le comió 3 horas. Para cuando entró al pueblo ya estaba oscuro, no había alumbrado público. El camino de tierra apenas se veía con las luces de la camioneta, el mismo polvo, las mismas bardas de adobe, los mismos cerros pelones al fondo.

Pero algo había cambiado. Pasó primero por la casa de Graciela. No por gusto, sino porque estaba antes en el camino. Graciela salió corriendo a recibirlo con los brazos abiertos. con un escándalo de bienvenida que a Rodrigo le pareció exagerado. Primo, qué guapo vienes. Qué camioneta. Pásale, pásale, te hice de comer. Le sirvió mole, arroz, agua de jamaica. No paraba de hablar. Rodrigo preguntó por su madre y la respuesta de Graciela fue rápida, demasiado rápida. Tu mamá salió a visitar a una comadre al pueblo de al lado.

Ya sabes cómo es. Se fue sin avisar, pero ya vuelve en un par de días. Rodrigo quería ir directo a la casa de su madre, pero Graciela lo frenó. Ahorita está bien oscuro, primo. El camino para allá no tiene luz y hay hoyos por todos lados. Quédate aquí. Mañana tempranito la vas a ver. Rodrigo dudó. Estaba reventado del viaje. Llevaba 14 horas manejando. Le dolía la espalda y los ojos le ardían. Aceptó, se quedó, pero algo no cuadraba.