El Hijo Regresó Después De Años En Prisión… Y Descubrió Por Qué Sus Padres Nunca Lo Visitaron…

Fernanda sirvió los cafés sin decir nada. Mateo notó que ella organizaba y reorganizaba las cosas sobre la barra sin ninguna razón real. El azucarero, las cucharitas, el azucarero otra vez. Rodrigo habló durante 20 minutos. Habló de planes para ayudar a Mateo a conseguir trabajo, de conocidos que podían darle una mano, de lo difícil que estaba la ciudad, pero que entre hermanos todo se resolvía. Cada oración cerraba una puerta. Cada oferta era también una forma de decir, “Yo estoy a cargo aquí.” Mateo escuchó, asintió cuando era necesario y fue haciendo preguntas pequeñas, espaciadas, casi casuales.

¿Cuánto tienen en el rancho mis papás? Como 5 años ya. Les encanta, de verdad, ¿y les alcanza para todo allá? Yo me encargo de que no les falte nada, Mateo. Son mis padres, también tienen teléfono. Una pausa brevísima, casi imperceptible. La señal allá es muy mala, pero están bien, te lo juro. Mateo tomó su café, asintió una vez más. Fue entonces cuando Miguelito regresó, entró a la cocina a buscar agua y mientras llenaba su vaso dijo sin voltear, con la misma naturalidad con que habría comentado el clima.

Tío Mateo, ¿por qué nunca fuiste a visitar a los abuelitos al rancho? Abuela llora mucho cuando dice tu nombre. El silencio que siguió duró apenas 3 segundos, pero en esos 3 segundos, Mateo vio a Rodrigo dejar de respirar, vio a Fernanda soltar la cuchara y vio con toda claridad la primera grieta en la fachada perfecta de su hermano. “Los niños dicen cosas”, dijo Rodrigo y le revolvió el cabello a Miguelito con una mano demasiado apresurada. “Ándale, el agua y a jugar.” Miguelito se fue sin entender lo que había dicho, sin saber que acababa de decir todo.

Esa noche, Mateo se quedó en el sofá de la sala. Rodrigo no le ofreció su cuarto y él no lo pidió. Miró el techo en la oscuridad. Pensó en su madre llorando en un rancho que no conocía diciendo su nombre. Y pensó en don Filiberto, el viejo vecino que siempre había sabido más de lo que decía. Mañana lo buscaría. Don Filiberto Cruz abrió la puerta antes de que Mateo terminara de tocar, como si hubiera estado esperando del lado de adentro o como si los años le hubieran afinado el oído hasta escuchar los pasos que importan.

Lo miró de arriba a abajo, arrugó los ojos, asintió despacio con esa economía de gestos que tienen los viejos que ya no necesitan disimular nada. Sabía que ibas a venir, dijo, “Entra.” La casa olía a café negro y a madera vieja. Había herramientas colgadas en la pared de la entrada, un par de botas llenas de lodo junto a la puerta y sobre la mesa de la cocina un cenicero con una colilla apagada. Don Filiberto no era hombre de adornos.

Se sentaron. El viejo sirvió café sin preguntar si Mateo quería. lo puso frente a él y fue directo. “¿Ya fuiste a ver a tus papás?” “Todavía no.” “Rodrigo dice que están en un rancho.” No, dice los mandó. Don Filiberto tomó su taza con las dos manos. Los vi salir hace como 5 años. Era temprano. Todavía no amanecía bien. Había una camioneta afuera cargando cosas. Tu mamá estaba parada junto a la ventana del cuarto. Hizo una pausa. Lloraba Mateo.

No de esas lágrimas de emoción, lloraba de las otras. Mateo apretó la taza, pero no dijo nada. Le pregunté a Rodrigo esa misma tarde. Me dijo que ellos solos lo habían decidido, que la ciudad ya no les convenía, que el rancho les haría bien. Lo dijo muy tranquilo, muy seguro. El viejo lo miró fijo. Demasiado tranquilo para alguien que acaba de despedirse de sus padres. Fuiste a verlos al rancho una vez. Como al año de que se fueron, don Filiberto dejó la taza sobre la mesa con cuidado.