Pero Mateo, que había aprendido en 7 años a leer los silencios del cuerpo, sintió la rigidez debajo. ¿Dónde están mamá y papá?, preguntó sin más preámbulo. Rodrigo se separó y lo miró con expresión tranquila, demasiado tranquila. Se fueron al rancho. Ya sabes cómo les gusta el campo a ellos. Les hace bien a su edad, más tranquilidad, más aire. Ándale, entra, te preparo algo. Lo dijo sin dudar, sin un parpadeo de más, como quien ha repetido una respuesta suficientes veces hasta que ya no siente el peso de las palabras.
Mateo entró y en la pared del fondo de la sala, donde durante 40 años había colgado la foto de los cuatro juntos, la de la boda de sus padres, la de él y Rodrigo de niños, solo había cuadros nuevos. Rodrigo, Fernanda, un niño pequeño. La familia Reyes había sido borrada de su propia sala. Mateo seguía mirando la pared cuando escuchó los pasos, pasos pequeños, rápidos, de alguien que todavía no había aprendido a caminar despacio. Un niño apareció desde el pasillo.
Tendría unos 8 años. Cabello rizado, rodilla raspada, una mancha de chocolate en la orilla de la camiseta. se detuvo al ver al extraño en su sala y lo estudió con esa seriedad particular que tienen los niños cuando evalúan a un adulto nuevo. Luego preguntó directo, “¿Cómo solo los niños pueden serlo, ¿eres tú el tío Mateo?” “Sí”, respondió Mateo y sintió algo aflojarse en el pecho. El niño no esperó más. Cruzó la sala corriendo y se le echó encima con los brazos abiertos como si se conocieran de toda la vida.
Mateo lo sostuvo sorprendido y el niño le dijo contra el hombro con voz de quien comparte un tesoro. Abuela dice que tienes los ojos más honestos de la familia. Mateo cerró los ojos un momento. Su madre había dicho eso de él. Lo había dicho frente a este niño en algún momento, con suficiente convicción como para que él lo recordara y lo repitiera, lo que significaba que ella hablaba de él, que no lo había olvidado. ¿Y tú cómo te llamas?, preguntó Mateo cuando el niño se separó.
Miguel Ángel, pero todos me dicen Miguelito. Rodrigo apareció desde la cocina con dos tazas de café y una sonrisa que ya estaba puesta antes de entrar. Ya se conocieron”, dijo, “como si fuera lo más natural del mundo. Ándale, migue, ve a desayunar. Ya desayuné. Entonces, ve a jugar.” El niño lo miró con esa expresión de quien sabe que lo están mandando lejos, pero obedeció sin protestar. Antes de doblar por el pasillo, volteó una vez más hacia Mateo, solo para verlo, como cerciorándose de que seguía ahí.