El hijo mayor regresó a casa… y encontró a su madre con una niña pequeña que no conocía.

No. Era imposible.

A la mañana siguiente salió a caminar por el pueblo para huir de la casa, pero San Jerónimo no ofrecía escapatoria. Calles vacías, casas cerradas, la escuela despintada, la tienda de siempre convertida en un cascarón. Frente a una casa encontró sentado a don Hilario, viejo amigo de su padre, un hombre de pocas palabras y mirada filosa.

—Nueve años —dijo el anciano apenas lo vio.

—El trabajo no me soltaba.

Don Hilario mascó un palillo con lentitud y miró hacia la casa de Guadalupe.

—Esa niña camina como tú caminabas de chamaco. Con los pies un poquito metidos.

Mateo soltó una risa seca.

—Es mi hermana. Algo nos tenemos que parecer.

Pero las palabras no lo convencieron ni a él.

Los días siguientes fueron empeorando la sospecha. Renata al principio le huía, se escondía debajo de la mesa cuando él entraba, se pegaba a Guadalupe como si Mateo pudiera borrarla. Pero poco a poco empezó a observarlo. Primero desde la puerta. Luego desde el patio mientras él revisaba el techo. Al tercer día, mientras buscaba un desarmador en el cuarto de su madre, encontró una vieja caja de zapatos debajo de la cama.

Sabía que no debía abrirla.

La abrió.