Guadalupe tenía apenas cincuenta y tantos años, pero el cuerpo le colgaba cansado como si llevara setenta. El pañuelo apenas le cubría el cabello ralo, y las manos, antes firmes y rápidas para amasar tortillas, ahora se aferraban al marco de la puerta como si el suelo pudiera tragársela. Mateo la abrazó y sintió los huesos. Tragó saliva para no romperse.
—Ya llegué, amá.
Ella lloró en silencio, apretándolo con lo poco que le quedaba de fuerza. Y entonces él vio a la niña.
Estaba medio escondida detrás de la falda de Guadalupe, con los ojos enormes, inmóviles, observándolo como si fuese un extraño. Mateo sonrió por reflejo.
—Hola, princesita.
La niña no respondió. Solo retrocedió un paso y luego otro, hasta desaparecer por el pasillo.
—Es Renata —dijo Guadalupe limpiándose las lágrimas—. Dale tiempo. Es tímida.
Renata. Ocho años. Su “hermanita”, según la historia que su madre le había contado por teléfono cuando él tenía diecinueve y acababa de cruzar al otro lado. En aquel entonces Guadalupe le dijo, con una calma imposible, que Dios le había mandado otra hija. Mateo, por cobardía o cansancio, no preguntó nada. Le pareció más sencillo aceptar lo absurdo que regresar para entenderlo.
Pero ahora, después de un solo vistazo, sintió un escalofrío.
Los ojos de la niña eran color miel.
Sus ojos.
Aquella noche apenas durmió. La casa olía a humedad, el refrigerador sonaba como si fuera a morirse y desde el cuarto contiguo escuchó a su madre cantándole a Renata la misma canción que le cantaba a él cuando de niño le daban miedo los truenos. Se acercó sin hacer ruido. La vio sentada al borde de la cama, acariciando el cabello de la niña dormida. La vela encendida le alumbró el rostro a Renata y Mateo volvió a verlo: la forma de los párpados, la nariz, la curva del mentón.
Se apartó de golpe.