Primero encontró una fotografía. Una muchacha morena, hermosa y desafiante, con una tristeza antigua en los ojos. Mateo sintió que el piso se le hundía.
Era Ximena Duarte.
Su novia de adolescencia. La muchacha a la que había besado detrás de la iglesia, la que le pidió que no se fuera, la que lo miró con rabia la noche antes de que partiera al norte y le escupió: “Si te vas, no vuelvas”.
Después encontró una pulsera de hospital de recién nacida.
Y luego un acta de nacimiento.
Renata Reyes Duarte.
El apellido paterno era Reyes.
El suyo.
El nombre del padre estaba en blanco. El de la madre no: Ximena Duarte Salgado.
Mateo se quedó mirando el papel hasta que las letras empezaron a temblarle. No hacía falta que nadie se lo dijera. El cuerpo lo había sabido antes que la mente. La niña que lo llamaba hermano, la niña que se escondía de él, la niña que dibujaba sola en un cuarto con crayones gastados… era su hija.
Guardó todo en la caja justo cuando escuchó que Guadalupe regresaba con Renata de la tienda.
No dijo nada esa tarde. Esperó hasta la noche, hasta que la niña se durmió. Entonces entró al cuarto de su madre, puso la caja sobre la cama y fue sacando una por una las pruebas del silencio.
—¿Quién es Renata, amá?
Guadalupe palideció.
—Yo te iba a explicar…
—No. Ya no me mienta. ¿Es mi hija?