—Se mojó cuando fue a ver a los caballos.
—Necesito agua hervida, telas limpias, menta si hay, y que le cambien la ropa mojada ahora mismo —dijo Elisa con una autoridad que sorprendió a todos.
Adrián se volvió hacia ella.
—¿Qué más necesitas?
Aquella pregunta cayó con un peso inmenso. No era solo consulta. Era confianza.
—Privacidad para atenderlo. Y ayuda.
—Doña Remedios la asistirá —dijo Adrián, cortando cualquier protesta.
Durante las siguientes dos horas, Elisa luchó contra la fiebre como si fuera un enemigo antiguo. Aplicó compresas, preparó infusiones, obligó al muchacho a beber sorbo a sorbo, le habló con firmeza cuando deliraba, vigiló su respiración como si se le fuera la vida en ello.
Adrián no se apartó.
No estorbó. No dudó de ella. Se quedó cerca, en silencio, sosteniendo el espacio con su sola presencia.
Cuando por fin el sudor frío sustituyó el calor abrasador y Tomás cayó dormido con respiración tranquila, Elisa se dejó caer hacia atrás, exhausta.
Adrián se agachó frente a ella.
—Lo salvaste.
—Hice lo que debía.
—No. —Su voz fue baja, casi íntima—. Lo salvaste.
Elisa no supo qué responder. Nadie le había dicho nunca esas palabras con semejante certeza.
El amanecer llegó gris, lavado, húmedo. La tormenta cedió por fin. El camino, aunque destrozado, volvía a ser transitable.