Elisa ya sabía cómo terminaban esas historias. Le darían unas monedas, quizá pan, tal vez una frase amable. Después cada quien seguiría su rumbo: ellos a sus tierras y ella a ninguna parte.
Doña Remedios se acercó primero.
—Es hora de que sigas tu camino —dijo con frialdad—. Y no confundas la compasión de anoche con un lugar entre nosotros. Personas como tú no pertenecen a nuestro mundo.
Elisa se puso de pie. Tenía la ropa todavía húmeda, el cuerpo rendido y, aun así, logró enderezarse como si llevara dentro un último pedazo de orgullo intacto.
—Nunca he pensado que pertenezca a su mundo, señora —respondió con calma—. Pero eso no significa que no valga nada.
Doña Remedios quedó descolocada.
Fue entonces cuando Adrián apareció detrás de ellas.
—¿A dónde piensas ir? —preguntó él.
Elisa esbozó una sonrisa pequeña y triste.
—A donde me lleve el camino, señor. Es lo único que tengo.
Adrián guardó silencio un momento. Luego habló con voz más baja.
—Tengo una hacienda a tres horas de aquí. Hacienda Montenegro. Allí vive mi hijo, Nicolás. Tiene cinco años.
Elisa lo miró, sorprendida.
—Desde que murió su madre, no habla —continuó él—. Los médicos dicen que no tiene nada físico. Que es tristeza. Que es miedo. Han venido institutrices, maestras, especialistas. Ninguno ha logrado llegar hasta él.
Elisa lo escuchó con el corazón apretado. Entonces entendió algo que hasta ese instante no había visto con claridad: el hombre frío y poderoso que todos obedecían hablaba desde una herida abierta.