Fue un gesto simple. Pero no como el de un patrón a una sirvienta, sino el de un caballero a una mujer digna de su respeto.
Elisa la aceptó.
El contacto duró apenas unos segundos, aunque algo inexplicable pasó entre ellos: una descarga muda, breve, imposible de fingir. Ambos soltaron la mano demasiado pronto.
Ya nada volvió a sentirse igual.
Entrada la madrugada, cuando el cansancio comenzaba a inclinar cabezas, un muchacho de la comitiva despertó sobresaltado, temblando, delirando. Tendría dieciséis años. Se llamaba Tomás.
Elisa fue la primera en llegar junto a él.
Le tocó la frente, el cuello, las muñecas.
—Tiene mucha fiebre.
Doña Remedios se acercó, alarmada.