El duque detuvo su carruaje e hizo algo increíble a la niña huérfana delante de todos

Poco después, una ráfaga violentísima arrancó una de las estacas del resguardo. La lona se vino abajo de un lado, la lluvia invadió el espacio y las brasas salieron disparadas. Los hombres corrieron a sostener la estructura, pero resbalaban en el barro.

Elisa no esperó.

Corrió hacia la estaca caída, plantó los pies con firmeza y sujetó la madera con ambas manos.

—¡Ahora! —gritó al peón del martillo.

El hombre vaciló.

—¡Hazlo! —tronó Adrián.

Tres golpes bastaron. La estaca volvió a entrar en el suelo. Cuando Elisa soltó la madera, Adrián estaba frente a ella, empapado, a menos de un metro. La lluvia les escurría por el rostro, pero ninguno se movió.

—No dudaste —dijo él en voz baja.

—La lona se estaba cayendo.

—Muchos habrían esperado a que otro lo resolviera.

Elisa sostuvo su mirada.

—Yo no soy muchos.

La respuesta salió antes de que pudiera medirla. Esperó insolencia, castigo, burla.

Pero en los ojos de Adrián apareció algo inesperado. No era diversión. Era aprobación.

Él extendió la mano para ayudarla a volver bajo la lona.