—Anoche vi cómo cuidaste a Gregorio y a Tomás —dijo Adrián—. No con ceremonias ni apariencias. Con atención. Con paciencia. Con humanidad. Necesito a alguien así al lado de mi hijo.
Elisa tardó unos segundos en reaccionar.
—Yo no soy institutriz. No tengo papeles, ni referencias.
—No me importan los papeles. Me importa el carácter.
Ella respiró hondo.
—Si acepto, habrá gente en su casa que me vea como intrusa. Que me odie.
—Sí.
—¿Y usted me protegerá? ¿O me dejará caer al primer problema?
Era una pregunta audaz. Peligrosa.
Adrián no apartó la vista.
—Si cuidas de mi hijo, tendrás mi protección absoluta.
Elisa sintió miedo. Mucho. Pero debajo del miedo había otra cosa: una esperanza tan nueva que casi dolía.
—Acepto.
Por primera vez, el rostro de Adrián se suavizó apenas, como si una tensión antigua hubiera cedido un poco.
Cuando llegó el momento de subir a los carruajes, todos esperaban que Elisa fuera enviada con los sirvientes. Pero Adrián hizo otra cosa.
Caminó hacia ella delante de toda la comitiva y le tendió la mano.