—Mi hija entiende el deber.
Aquella respuesta encendió en Alejandro una duda incómoda. Muy leve, casi invisible. Porque sobre la hija de Valdés circulaban rumores desde hacía años. Se decía que la mantenían escondida porque su rostro era una desgracia. Que un incendio de niña la había dejado marcada. Que su padre la ocultaba porque ningún hombre querría verla dos veces. Londres, como siempre, adornaba la crueldad con imaginación.
Alejandro jamás la había conocido. No hubo retrato. No hubo visita. No hubo cortejo. Solo un nombre estampado en el contrato.
Eloísa Valdés.
La doncella fea.
Y, precisamente por eso, el trato le pareció soportable.
Si ella era tan poco agraciada como se decía, entonces a él no le costaría mantener la distancia. Se casaría, engendraría un heredero, salvaría Monteverde y seguiría su vida sin exponerse a ninguna debilidad. Frío. Ordenado. Seguro.
El órgano comenzó a sonar.
Los invitados se movieron en sus bancas como aves hambrientas. Entonces las puertas de la iglesia se abrieron.
La novia entró del brazo de su padre.
Llevaba un vestido blanco de satén, rico pero sobrio. Nada ridículo. Nada excesivo. Sin embargo, lo que atrapó todas las miradas no fue el vestido, sino el velo. Era grueso, pesado, de varias capas, cayendo hasta más abajo de la cintura como una cortina diseñada para ocultar una verdad. No se distinguía ni la forma de su nariz.
Los susurros se alzaron como viento.
—Ahí está…
—Pobre muchacha…
—Qué valiente el duque…
Alejandro la observó avanzar paso a paso y, por primera vez en años, sintió resquebrajarse su calma. Porque ella no caminaba como una mujer que implora lástima.
Caminaba como una mujer que iba hacia una batalla que ya había decidido ganar.
Cuando llegó al altar, se colocó a su lado. Estaba lo bastante cerca para que él percibiera su perfume. No era dulce ni pesado. Olía limpio, agudo, como aire de invierno. Alejandro esperaba temblor. Esperaba sumisión. Esperaba una cabeza inclinada hacia el suelo.
Pero ella alzó el mentón.