El duque creía que se casaba con una chica fea, hasta que se levantó el telón y su vida se desmoronó.

El sacerdote comenzó la ceremonia. Palabras hermosas sobre amor, honor y fidelidad llenaron la iglesia con esa clase de mentiras elegantes que la sociedad emplea para vestir los negocios humanos. Alejandro pronunció sus votos con claridad impecable, como si la firmeza pudiera volver respetable lo que en realidad era un trueque.

Después llegó el turno de ella.

—Sí, acepto.

Su voz fue suave, pero cada sílaba cayó con una seguridad que lo inquietó más que un grito. No había miedo allí. No había resignación. Solo firmeza.

Entonces el sacerdote dijo las palabras que toda la iglesia llevaba esperando.

—Puede levantar el velo.

Un silencio extraño cayó sobre el templo.

Alejandro alzó las manos. Se repitió que no le importaba. Se dijo que ya había aceptado lo peor. Y, aun así, sus dedos no estaban del todo firmes al tocar el encaje.

Hubo un solo latido de vacilación.

Y en ese latido entendió una verdad peligrosa.

Si ella era realmente fea, todo seguiría siendo fácil.

Si no lo era…

Apartó ese pensamiento de inmediato y levantó el velo.

La luz cayó sobre el rostro de la novia.