El duque creía que se casaba con una chica fea, hasta que se levantó el telón y su vida se desmoronó.

Alejandro tomó su lugar frente al altar. A su lado, su amigo y padrino, Rodrigo Peñalosa, se inclinó apenas para murmurar:

—Todavía estás a tiempo de huir.

Alejandro no sonrió.

—¿Y dejar que mi gente pase hambre cuando la hacienda se venga abajo?

Rodrigo exhaló con resignación.

—Tienes cara de hombre camino a su propio entierro.

—Tal vez porque así se siente —respondió Alejandro, sin apartar la vista del frente.

La verdad era simple. Su padre había destruido todo. Apuestas, vino, préstamos, mentiras. Para cuando Alejandro heredó el título, la fortuna de Monteverde ya estaba desangrándose. Vendió tierras, caballos, cuadros, joyas de familia, hasta la última plata que no estuviera clavada al suelo. Pero no bastó. Las cartas de los acreedores llegaban cada mes más frías, más crueles. Pronto vendrían a la hacienda a llevarse lo que generaciones enteras habían construido.

Entonces apareció Augusto Valdés con una solución.

Era un hombre inmensamente rico, dueño de navieras, molinos, bodegas y media ciudad mercantil. Uno de esos hombres capaces de hacer que los nobles tragaran orgullo con tal de no ahogarse en sus propias ruinas. Valdés solo quería algo que el dinero no podía comprar con facilidad: un título.

—Cásese con mi hija —le dijo con la calma de un banquero— y sus deudas desaparecerán.

Alejandro quiso negarse. No por nobleza, sino porque detestaba las trampas. Pero ya estaba atrapado. Rechazar la oferta no lo haría libre; solo lo haría pobre y humillado. Así que hizo la única pregunta importante.

—¿Su hija está de acuerdo?

La boca de Augusto se tensó apenas.