El duque creía que se casaba con una chica fea, hasta que se levantó el telón y su vida se desmoronó.

La primera vez que el duque Alejandro de Monteverde oyó decir que la novia era fea, soltó una risa breve y seca. No porque le hiciera gracia, sino porque la noticia le resultó útil. Si la hija del magnate era realmente desagradable a la vista, entonces aquel matrimonio sería más fácil de soportar. No habría ilusión, ni deseo, ni esperanza. Solo un negocio. Solo una firma. Solo una jaula aceptada a cambio de salvar otra.

Eso era exactamente lo que Alejandro se había prometido años atrás, el día en que enterró a su padre y heredó un título lleno de orgullo, una hacienda llena de deudas y un apellido que pesaba más que cualquier corona. No sentir nada. No necesitar nada. No perder nada.

Así que la mañana de la boda, mientras la lluvia londinense convertía las calles en barro y el carruaje avanzaba hacia la iglesia de San Jorge, repitió esa promesa en silencio.

Esto es negocios, no amor.

Pero el pecho le dolía con una tensión extraña, como si su cuerpo ya supiera que se estaba mintiendo.

Dentro de la iglesia, el aire era tibio y espeso por las velas. Los invitados ocupaban sus lugares envueltos en terciopelo y seda, fingiendo que habían ido a celebrar, cuando en realidad habían ido a mirar. Querían ver al orgulloso duque de Monteverde inclinar la cabeza ante el dinero nuevo de un comerciante. Querían disfrutar el espectáculo de la sangre antigua arrodillada ante la fortuna reciente.