El día en que su padre los abandonó tras el entierro de su madre, nadie sospechaba que años después regresaría… y que sería él quien no podría soportar la verdad.

Por fin parecía entender que aquello no era un simple trámite incómodo.

—Rodrigo… —susurró Verónica.

Él intentó reaccionar.

—Estaba mal. Había tomado. No sabía lo que decía.

—Sí sabías —dijo Catalina.

—¡No!

—Claro que sí. Porque acababas de decirme que una mujer con la que vivías te había corrido y necesitabas efectivo. Ni siquiera preguntaste cómo estaban ellos. Preguntaste si Susana había dejado seguro.

El silencio posterior fue insoportable.

Laura no lloró.

Eso fue lo peor.

No lloró.

Se quedó quieta, mirando al hombre que había idealizado a ratos, incluso en su ausencia. Al hombre al que, en noches muy concretas, había imaginado atrapado en alguna tragedia secreta para justificar lo injustificable.

Pero no había tragedia.

Había egoísmo.

Cobardía.

Conveniencia.

Daniel se secó la cara con rabia.

No se había dado cuenta de que estaba llorando.

—Fuera —dijo.

Rodrigo lo miró.

—Daniel…

—¡Fuera!

Verónica dio un paso atrás.

Bruno murmuró algo sobre irse ya.

Pero Rodrigo seguía ahí, como si todavía creyera posible rescatar algo.

Entonces Laura habló.

Y su voz fue la más serena de todas.

Eso fue lo que más lo golpeó.

—Te voy a ahorrar tiempo y abogados —dijo—. Tengo quince años. Daniel once. No somos bebés que puedas mover. Si esto llega a un juez, voy a contar todo. Y también voy a contar que no volviste hasta que apareció una herencia. ¿Sabes lo que eso te hace parecer? No un padre arrepentido. Un oportunista.

Rodrigo abrió la boca.